JOSÉ LUIS NÚÑEZ DE PRADO Y LEILA AMAT: FOTÓGRAFOS MÁS ALLÁ DE LA VOCACIÓN JOSÉ LUIS NÚÑEZ DE PRADO Y LEILA AMAT: FOTÓGRAFOS MÁS ALLÁ DE LA VOCACIÓN


Vino a la librería José Luis Núñez de Prado a hablarnos de arte. En vez de su propia obra, trajo cuadros del pintor Juan Garcés y a la frágil y eléctrica Leila Amat. Como José Luis es hombre humilde, uno diría que sin coqueterías, noblemente humilde, preparé algunas diapositivas de su propia obra, para que así no tuviera más remedio que explicárnosla. No lo hizo. Confrontado a un retrato en que la modelo aparece tímida y sonriente, como si hubiese sido sorprendida dentro del alma del fotógrafo en vez de en su estudio, José Luis no nos habla de composición, intención o luz, sino de lo bueno que es un cuadro de Iván Hidalgo que vemos al fondo, y que tuvo que pagar a plazos. Ante una fotografía en que la artista Silvia Flechoso, familiar e inquietante, parece acabar de salir del cuadro que tiene a su espalda, José Luis no nos habla de su fotografía, claro, sino de lo bueno que es el cuadro y lo lejos que está llegando Silvia en su trabajo.



Creo que esa actitud esquiva para con uno mismo, ese acto de proyección hacia el exterior es una cualidad de lo masculino. La fotografía de José Luis Núñez de Prado (como no lo dice él, lo digo yo) es intensa, saturada de color, muchas veces nocturna. Masculina. Cuidado: en esa nocturnidad no debe verse un término. Es más bien la coctelera en la que se agita radiante una luz más veraz.

Entendemos la vocación como algo preexistente a lo que el artista, en algún punto de su vida, se acoge. Una inclinación previa que luego se desarrolla. No parece el caso de Leila Amat ni de José Luis. No puede darse, creo, una vocación por vivir o por respirar: vivimos y respiramos de manera inevitable. Ellos son artistas inevitablemente.

Así que Leila Amat llega disfrazada de sí misma y con manos tatuadas y leves de bailarina (más signo que carne), saca un papel y nos explica esto leyendo a Rainer María Rilke: "Una obra de arte es buena si ha nacido al impulso de una íntima necesidad. Precisamente en este su modo de engendrase radica y estriba el único criterio válido para su enjuiciamiento: no hay ningún otro. Por eso, muy estimado señor, no he sabido darle otro consejo que éste: adentrarse en sí mismo y explorar las profundidades de donde mana su vida."



Leila, mitad gitana, mitad paya, criada en Sevilla y cincelada en París, posa para sí misma, literalmente, en sus fotografías. Y ahí nos entrega lo femenino en estado puro: ternura, sueño, sangre, delicadeza, dolor, belleza... Yo creo que para eso hace falta mucha generosidad. No tanto para crear las fotografías, sino para exponer al público esa intimidad desnuda.

Intentamos en la charla aproximarnos al concepto de arte, al impulso que lleva al artista a coger el pincel o la cámara, pero es un tema escurridizo. Tras el vino y las despedidas, nos quedamos todavía un reducido grupo de amigos con los fotógrafos. José Luis enristró entonces su cámara como si fuese la lanza de un hoplita y vi su rostro cargarse de energía mientras disparaba. Hay testigos. En cierta ocasión preguntaron a Krishnamurti, tan alejado del proselitismo, por la causa que le movía a dar sus conferencias. Al igual que una planta, dijo, no puede evitar desprender aroma, él no podía dejar de hacer lo que hacía. Abrimos otra botella de vino. Nos ampara la sonrisa de Leila, la palabra cálida de mi vieja amiga y psicóloga aficionada, Lole Sánchez de Mora. Una buena tarde entre artistas. God is in the air.